
¿Recordáis que hace unos meses publiqué en Rankia un post sobre si serían más seguras o no las ascensiones al Everest si se pudiera llegar en tren al campo base? Pues me viene de perlas para contar algo sobre cierta posesión judicial que un novato creyó que podría ser pacífica y civilizada y que algo pasó que la cosa se torció…
Las subastas online también son inversiones de alto riesgo. No solo por la incertidumbre de la posesión judicial.
En aquél artículo defendí la tesis de que lo que había cambiado con la implantación de las subastas judiciales electrónicas era exclusivamente el formato de la subasta, pero que los peligros inherentes a invertir en este negocio van a seguir ahí porque no dependen del formato de la subasta sino del sistema judicial español y que hasta que los legisladores no eliminasen de la ecuación la inseguridad jurídica, garantizando la transparencia absoluta en las subastas y entregando los pisos limpios de polvo y paja, sin cargas ni ocupantes, llave en mano y completamente libres de desagradables sorpresas, los novatos que se acercasen a este negocio atraídos por la facilidad para pujar online iban a ser abrasados como carne de cañón.
Esos fueron mis argumentos y ahora ya tengo elementos de sobra para confirmar que la realidad los está confirmando.
Las subastas judiciales online están atrayendo a más postores, sí, pero también les está arruinando. Y de eso yo soy testigo privilegiado pues muchos de ellos acaba recalando en mis blogs contándome sus experiencias.
Muchos primos se están llevando desagradables sorpresas en estos primeros meses de subastas telemáticas.
Solo si el legislador reformara las subastas en el sentido apuntado más arriba -algo que no contemplo a medio plazo- desaparecerían los peligros de este difícil negocio y los inversores podríamos acudir en masa a las subastas, haciendo subir los precios de adjudicación y reduciendo nuestros márgenes de beneficio.
Ahora mismo, mientras escribo estas líneas se está celebrando online la subasta SUB-JA-2016-4602 de un piso de 29 m2, interior y piso cuarto sin ascensor, situado en el madrileño barrio de Lavapiés. Estamos en la prórroga y las pujas ya casi han doblado la que iba a ser mi mejor puja. Y eso que aún faltan los momentos finales, esos que yo llamo el «apocalipsis canibal» de los novatos.

Un poco de cordura, por favor.
Y por otro lado, los novatos que están acudiendo a las subastas online -como abejas a un panel de rica miel- lo hacen, como todos los novatos de todos los tiempos, con la alegre inconsciencia del que va al Everest en zapatillas.
Coño, al menos aprended un poco el oficio antes de jugaros los cuartos.
Por ejemplo, ahí tenemos a Daniel.
Daniel contrató hace unos días la consultoría que yo llamo «Hello, Tristán» porque temía que iba a tener algunos problemillas con la posesión judicial del piso que acababa de comprar en un barrio de Barcelona.
Ese fue el término que empleó Daniel, «algunos problemillas», aunque luego descubrí que se había quedado muy corto.
Daniel es el vivo retrato de una experiencia-al-borde-de-la-muerte.
Y cuando comenzamos la videoconferencia me relató su historia…
El relato de Daniel
A finales de enero de este año me gasté toda una herencia familiar en la subasta electrónica de un piso en Barcelona. Siempre me he sentido muy atraído por las inversiones inmobiliarias y como hace un año recibí la herencia de una tía soltera, era mi oportunidad de aprovechar las subastas electrónicas para hacer mi primera inversión.
Fue muy sencillo. En la web del B.O.E. te cuelgan la información del registro y fue fácil comprobar que el piso no tenía otras cargas que la hipoteca del banco.
No investigué nada más. Al fin y al cabo un piso es un piso.
La primera sorpresa vino cuando fui al juzgado por primera vez tras la subasta y me trataron a patadas. Protesté cuando me dijeron que tardarían unos seis meses en entregarme la documentación del piso y me respondieron que qué me había creído, que eso no era una notaría y que ya se sabe que las subastas eran así.
Y casi me caigo redondo cuando me informaron de que ellos no moverían un dedo para que el expropietario se fuera del piso hasta que los papeles estuvieran arreglados e inscritos en el Registro de la Propiedad. Y que haría mejor en negociar con él la entrega de las llaves porque la secretaria de ese juzgado no era muy partidaria de echar a la gente a la calle y daba la posesión judicial con cuentagotas.
Hasta que conseguí hablar con el ocupante de la vivienda tuve que hacer tres visitas. Los vecinos me aseguraban que el tipo estaba dentro, pero nunca me abría la puerta. Por lo visto este señor trabaja de noche y luego se tira toda la mañana durmiendo a pierna suelta.
Por cierto, que empecé a sospechar que había algo raro porque los vecinos hablaban de él como con miedo y ninguno quiso darme su teléfono ni ayudarme en nada.
Hasta que le conocí.
Me abrió la puerta un hombre mayor y muy corpulento, con un vientre enorme y bíceps del tamaño de melones. Tan grandes que casi seguro que le interrumpían el riego cerebral. El típico mazas que cuando pasea por la calle tapa el sol con los hombros. Con una cabezota como si se le hubiera caído una caja fuerte sobre la cabeza y la caja fuerte hubiera salido perdiendo.
Medía cerca de un metro ochenta, pesaba unos ciento veinte kilos y tenía los mofletes más carnosos y caídos que los de cualquier bulldog y con dos o tres papadas suplementarias que le colgaban de la primera, en plan cascada de grasa.
Ignoro por qué sus vecinos le llaman Piolín.
Y no solo tenía una pinta infame, sino que su actitud era tosca y desprovista de cualquier grado de civismo. Para empezar iba vestido solo con unos calzoncillos y una camiseta que si la hubiera depositado en el suelo se habría quedado de pie.
En cuanto le vi ocupando todo el marco de la puerta las palabras que tenía tan preparadas se me ahogaron en la garganta y solo me salió un…
– Buenos días, señor, esta es mi casa.
– Hum, ¿queeeee?
– Que he comprado esta casa en una subasta y… ehhhh… que cuándo tiene la intención de irse.
Su reacción fue increíblemente rápida para alguien de su edad y envergadura. Me agarró de la pechera, me introdujo en la casa, cerró la puerta e inmediatamente me levantó con una sola mano y me apoyó la espalda contra la pared.
Luego acercó su boca a la mía, tanto que si la hubiéramos abierto y sacado la lengua hubiéramos rozado la puntita y, llenándome la cara de perdigones, me dijo…
– ¿Que has comprado qué casa, cabrón?
Y me pegó el mayor puñetazo en el estómago que jamás haya recibido nadie.
Me soltó y ahí me quedé, hecho un guiñapo en el suelo, sin resuello, lloriqueando y convencido de que me estaba muriendo. Simplemente dejé de respirar. Entonces me volvió a levantar en vilo agarrándome del fondillo de los pantalones y me llevó en volandas hasta el tronco de las escaleras de la comunidad, por donde me lanzó como si yo fuera un deshecho.
– Y si te vuelvo a ver una sola vez en toda mi vida eres hombre muerto. Con gusto volveré a la cárcel por darme el gusto de liquidar a un tipejo como tu.
Las pretensiones de Daniel

Eso fue lo que me contó Daniel que le había ocurrido.
Aunque las palabras las he puesto yo, el sentimiento de lo ocurrido es completamente suyo.
Y lo que me propuso fue contratarme para que yo me ocupara de obtener la posesión judicial para él. De hecho para que le tramitara todo lo relativo a esa subasta a partir de ahora.
Y naturalmente le respondí que no, que de ninguna manera.
– Si tu fueras mi cliente y me tocara bailar con la más fea pues, qué remedio, lo haría y ya vería como toreaba ese morlaco. Yo te habría cobrado unos honorarios y ahora esa sería mi responsabilidad. Pero, Daniel, esta es tu guerra y no hay dinero en el mundo para pagarme que vaya allí a dejarme hostiar por esa bestia. Lo que no entiendo es que participaras en una subasta sin siquiera haber hecho una visita al piso subastado, sin haber intentado hablar con el demandado o al menos con los vecinos. Si lo hubieras hecho no te habrías puesto esa soga al cuello.
Jejeje, perdonad que me ría, se que la situación de Daniel es dramática, pero ahora mismo estoy recordando su expresión de pánico cuando me dijo que entonces renunciaba a esa casa, que se la quedara el tal Piolín y que ya la heredarían sus hijos cuando el muriera.
Una solución para Daniel
En realidad no hay motivo para ser tan dramático.
Si no lo desea Daniel no tiene por qué volver a cruzar su camino con el de esa mala bestia. Yo mismo, cuando compro en subastas muy alejadas de Madrid, en ocasiones lo arreglo de forma que no tenga que desplazarme ni siquiera para firmar la compraventa en la notaría.
Hoy en día no hay nada que no se pueda hacer desde un smartphone.
Que Daniel contrate a un abogado y un procurador para que le lleven todos los trámites en el juzgado, incluso la posesión judicial y el lanzamiento cuando toquen.
Y que él se vaya a Benidorm a lamerse las heridas.
Y la próxima vez que tenga un poco más de sentido común, que a quién se le ocurre comprarse un piso sin ni siquiera haberlo visitado. Seguro que si en vez de un piso en subasta hubiera comprado un coche, no hubiera cerrado la compra sin haber visitado varios concesionarios y haberle dado el coñazo a un montón de vendedores.
Y una lección para todos los novatos
A mi jamás me ha pasado nada parecido a lo que le ocurrió a Daniel, primero porque me sobra el sentido común (y mi prudencia raya con la cobardía) y segundo, porque también disfruto de eso que algunos llaman suerte pero que en realidad no es tal.
Es cierto que los nuevos novatos que compran en las nuevas subastas judiciales electrónicas no tendrán que coincidir con los viejos subasteros de toda la vida, pero que nadie se equivoque, el marrón de comprar en subasta nunca ha residido en los subasteros sino en que comprar en una subasta es comprar un juicio.
Y los juicios, ya se sabe, a veces salen bien y otras veces salen mal.
Lo único que ha cambiado con las subastas telemáticas es la facilidad para participar y pujar en ellas, pero sus peligros inherentes siguen siendo exactamente los mismos y, creedme, no se trata de una inversión apta para cualquiera.
Las subastas siguen llenas de sapos y culebras y cualquiera que se acerque a ellas sin la debida preparación y que, por lo tanto, no sepa distinguir el grano de la paja, conocerá al dragón que se esconde tras cada subasta mal escogida. Unas veces será un dragoncito pero otras veces será un cacho dragón gigante y malévolo como el llamado Piolín.
Y para terminar, algo sobre el blog
Supongo que habréis notado que algunas partes de los post más visitados de este blog están siendo bloqueadas y que no se desbloquean hasta que el lector me da un Like de Facebook, un tweet de Twitter o un +1 de Google+.
Esto es así porque me dice el webmaster que estas propinas «sociales» son realmente muy beneficiosas para la valoración que Google hace de Subastanomics y que a largo plazo nos beneficia mucho.
Pero os prometo que solo va a afectar a algunas partes, que solo de los post más consultados y que los clientes habituales vais a estar a salvo porque nunca lo voy a implementar en el último post publicado, de forma que solo afecte a los lectores que aterrizan aquí de vez en cuando.
Por eso os pido siempre que si el post os ha gustado me ayudéis a difundirlo en vuestras redes sociales. Porque Google lo valora como mejor o peor según lo hayan movido los lectores.
Y hoy os lo vuelvo a pedir.
Estaría genial que me ayudarais de esa forma.
Así que ya sabes, si lo que has leído te ha sido útil o entretenido, por favor demuéstralo recomendándolo en tus redes sociales pinchando en los iconos de ahí abajo.
Soy Héctor Arderíus, pero todos me conocen como Tristán el Subastero.
