
¿No os habéis topado nunca con uno de esos tipos a quienes les resbalan los argumentos que utilicéis o cualquier documento judicial que podáis esgrimir? Sí, me refiero a esos cuya miopía les aleja irremediablemente de las soluciones razonables.
No son frecuentes, pero de vez en cuando me topo con alguno y en cuanto les conozco saltan a la vista los motivos por los que se encuentran en la lamentable situación del desahucio.
Su mala leche y odio contumaz contra cualquiera que se les atraviese en su camino les impide tomar decisiones razonables.
Hace unos tres años, por ejemplo, compré muy barato un local comercial cuyo propietario había tenido la oportunidad de venderlo por cuatro veces el precio que yo finalmente pagué pero que se había negado porque estaba tan enrocado en la seguridad de que el embargo de Hacienda había sido una injusticia que era incapaz de salir de esa situación de parálisis.
Naturalmente, tras la adjudicación tampoco aceptó la realidad y hoy, tres años después, sigue sin aceptarla a pesar de que el juzgado me entregó la posesión y alquilé el local. Ahí sigue el pobre hombre, gastando su escaso dinero en pleitos que no tienen recorrido.
Los antiguos tenían razón cuando decían que los dioses enloquecen a quienes quieren perder.
Y recientemente he tenido dos nuevos ejemplos de desahuciados incansables y tenaces hasta el disparate.
Yo por mi trastero mato
Hace cinco meses publiqué en mi blog de Rankia el caso de mi último lanzamiento judicial frustrado, en el que una demandada recalcitrante luchaba hasta la extenuación por retrasar la entrega de la posesión de un piso de Algete que no usaba para nada y que estaba vacío desde la muerte de su madre ocurrida varios años antes.
La tiparraca se empadronó allí y solicitó ser considerada familia en riesgo de exclusión social y, cuando eso no le sirvió para nada y ya teníamos fecha de lanzamiento, incluso le empadronó a su nieto con la intención desesperada de retrasarlo un mes con esa excusa.
Y lo peor es que le salió bien y el juzgado decidió en el último minuto darle ese mes de gracia y dejarme a mi más cabreado que a un mono.
Pero cuando has hecho las cosas bien estos disgustos judiciales no duran eternamente, de manera que un mes más tarde nos vimos de nuevo cara a cara y no le quedó más remedio que tragar quina y entregarle las llaves a la comisión judicial.
Pero la cosa no acabó ahí, pues un mes después me enteré de que hace unos años la comunidad de propietarios había decidido construir unos trasteros en un sótano del edificio y que a cada piso le correspondía uno de ellos.
Que buena noticia.
Lo malo es que simultáneamente me entero de que el trastero que me corresponde está cerrado y que la antigua propietaria lo sigue utilizando.
¿Queeeee?
Inmediatamente la llamé por teléfono para reclamarle que lo vaciara inmediatamente y entre gritos y sofocos la pájara me soltó que ni se me ocurriera acercarme a su trastero, que yo había comprado exclusivamente el piso y que solo me lo entregaría tras una sentencia judicial.
Y fiel a la descripción que he hecho de este tipo de personas en el primer párrafo de este post, la empecinada fue inmune a todos mis argumentos, a saber:
- Lógicamente el trastero no está descrito en la descripción registral por la sencilla razón de que fue construido con posterioridad a la misma, pero eso no quita que la propiedad del piso conlleve inmediatamente la del trastero.
- Los trasteros fueron construidos en las zonas comunes, por lo que el propietario del piso y de la parte proporcional de zonas comunes lo es también del trastero.
- La pérdida del piso conlleva también la de usar las zonas comunes. Por ejemplo, ella ya no puede tampoco bañarse en la piscina.
- La sentencia judicial que ella menciona ya se ha producido en la forma de un decreto de adjudicación a mi nombre y el requerimiento judicial para desalojar la propiedad entendiéndose que todo lo que dejase en ella sería considerado abandonado.
Ni de coña, la tipa ni entiende ni quiere entender.
¿Y ahora que hago?
Esta plaza de garaje existe y es mía
El segundo ejemplo de desahuciado contumaz no me ha ocurrido a mi sino a un subastero novel que hace unos días contrató mis servicios de consultoría para ver si encontraba una solución para su problema.
El caso es que Pepe compró una plaza de garaje en una Adjudicación Directa y, como suele pasar cuando el deudor es el promotor del edificio, al final la inversión se le ha torcido y va a tener que pelear por ella.
Resulta que cuando se dirige al garaje para ver y tocar la plaza que había comprado no la encuentra y los propietarios de las plazas vecinas le dicen que a Pamplona se va en la otra dirección.
¿Que no existe la plaza de garaje?
No exactamente.
Para explicar lo que había ocurrido con esa plaza de garaje antes debo explicar el arreglo al que habían llegado doña Perpetua y el promotor del edificio.

Resulta que doña Perpetua quería comprar una plaza de garaje, pero la que le correspondía, la número 6, era sensiblemente más pequeña que el resto de las plazas porque estaba encajada entre dos columnas junto con otras dos plazas también exiguas.
Entonces el promotor, que era un comercial de primera, vio la oportunidad para colocarle otra plaza a doña perpetua, así que le ofreció venderle también la plaza nº7 y dejar la siguiente sin vender de manera que quedara para ella todo el espacio comprendido entre ambas columnas.
Tremendo error de novatos: La solución correcta para el problema planteado por doña Perpetua habría debido ser venderle las tres plazas (6, 7 y 8) por el mismo precio por el que le vendió dos (6 y 7). Así habría evitado que la plaza nº8 quedara sin vender y a disposición de que cualquier acreedor, por ejemplo Hacienda, la embargara y subastara.
Lo que se encontró el subastero en ciernes llamado Pepe fue que la avispada Perpetua había borrado la pintura de las tres plazas y las había vuelto a pintar, pero esta vez olvidándose de la existencia de la plaza nº8, que así, por arte de birlibirloque, había dejado de existir.
– ¿Y dónde está la plaza nº8, Doña Perpetua?
– Ahh, no se, esa plaza no existe.
– ¿Y cómo es que la numeración actual pasa de la 6 y la 7 directamente a la 9 y la 10 sin que haya una plaza 8?
– Pues no lo se.
Ha hecho falta que Pepe saque certificaciones registrales de todas las plazas indicadas y que haya ido al ayuntamiento a obtener un plano del proyecto para poder averiguar la verdad del caso.
Aún así, Doña Perpetua no atiende a razones y se pasa la propiedad de Pepe, debidamente inscrita en el Registro de la Propiedad, por el arco de triunfo. Manifiesta que ni Hacienda ni el juez ni nadie le van a quitar lo que es suyo.
No quiere ni escucharle
Jooodeeer, vaya lío, ¿Y ahora qué hace Pepe?
¿Qué tienen en común ambos ejemplos?
Lo que describí al principio del post.
Miopes e inasequibles al desaliento, incapaces de ver sus problemas con la Justicia con la necesaria perspectiva para encontrarles una solución razonable.
No escuchan, no atienden a razones ni argumentos, no reconocen su errores y solo una fuerza aplastante superior puede romperles el espinazo, pues antes se lo hacen romper que aceptar doblarlo.
Cómo conquisté mi trastero
Con otra persona habría tenido más paciencia, pero lo cierto es que a esta pájara la tenía muchas ganas por haberme hecho esperar bastantes meses a tomar posesión a pesar de que la vivienda estaba vacía (y siempre lo había estado) pues era una casa heredada en la que ella nunca había vivido.
Al día siguiente de nuestra discusión telefónica, tras sus amenazas de que ni se me ocurriera acercarme por su trastero, me disfracé de currante, me puse mi ropa más sucia, me calcé los guantes de mudancero y agarré el carrito que guardo, recuerdo de cuando tenía un almacén y tiendas de decoración.
Con la cizalla rompí el candado y saqué todas las cajas al rellano. Luego llevé más o menos la mitad junto a los cubos de la basura y el resto las dejé allí para oprobio público de la desahuciada recalcitrante.
Luego instalé un FAC con bombillo de seguridad antibumping y listo.
Finalmente la llamé y me di el gustazo de contárselo.
La sonrisa me duró todo el resto del día.
A la tarde siguiente me llamaron del cuartel de la Guardia Civil a donde acudí inmediatamente a declarar.
Y hasta ahora.
Cómo puede Pepe conquistar su plaza de garaje
Pepe tiene un problema parecido al mío pero muy diferente en su solución porque resulta que los órganos de la Administración pueden embargar y subastar propiedades pero no tienen jurisdicción para entregarle la posesión al adjudicatario arrebatándosela a quien esté disfrutando de ella.
¿Entonces Pepe debe iniciar un desahucio por precario como suele ser necesario en las adjudicaciones directas?
No exactamente.
¿Recordáis que el anterior post lo dediqué a explicar cómo podemos proteger la propiedad inmobiliaria?
La primera era la acción reivindicatoria, por la que el propietario reclama que se le entregue el bien que le pertenece y que se haya en posesión de una tercera persona que carece de título legítimo para poseerlo o, como la define el Tribunal Supremo, es la acción que puede ejercitar el propietario no poseedor contra el poseedor no propietario para exigir la restitución de la cosa y reintegrarla a su poder.
Pepe lo va a tener bastante fácil porque con las certificaciones registrales y con el plano que obra en el ayuntamiento no le va a resultar difícil demostrar la existencia real de la plaza nº8 y su titularidad.
Y una pequeña ayudita que yo le he sugerido: que compre el coche más barato disponible (cien o doscientos euros) y lo abandone allí tras haberle quitado las ruedas.
No es lo más legal del mundo pero así conseguimos que doña Perpetua empiece a sentir su aliento en el cogote.
¿Y a vosotros que os parece?
¿Habéis vivido situaciones parecidas?
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Soy Héctor Arderíus, pero todos me conocen como Tristán el Subastero.
