
Casi siempre, la vida del ser humano es triste y tediosa. El subidón de adjudicarte una subasta judicial es lo único que la hace soportable.
La adrenalina es una hormona que secretamos en situaciones de alerta o riesgo, que provoca un estado de euforia repentino y que prepara al cuerpo para estar al cien por cien. Este subidón se produce en situaciones extremas, como por ejemplo los deportes de riesgo.
Además, cuando secretamos adrenalina estimulamos igualmente la producción de dopamina, la hormona del placer, que provoca una sensación muy agradable de bienestar y que explica que nos guste montarnos en montañas rusas o hacer puenting.
Y mucho ojo, porque es muy adictiva.
No digo que lo que a mi me mueva a participar en toda subasta judicial que se pone a mi alcance no sea la búsqueda del beneficio económico, pero de ninguna manera desdeño el placer que me produce el subidón -breve, pero intenso- de los momentos que le siguen al cierre en mi favor de una subasta.
Y no creáis que las sensaciones son solo de euforia. No, nada de eso. Porque en muchas de las subastas en las que participo hay un fuerte ingrediente de incertidumbre no apto para cardiacos: esa subasta judicial que vista desde fuera no parece que vaya a interesar a nadie, y que, tras una investigación exhaustiva, mejora el panorama y se le empieza a ver un poco de color…
Pero que, aun así, incluso teniéndolo todo más que estudiado, los puntos flacos siguen siendo tantos, que hace falta mucho optimismo para depositar y pujar.

Cuando en la intimidad de mi vida personal y familiar he contado a los amigos alguno de mis éxitos, en seguida han surgido las peticiones de que les avise para participar en esas subastas, pero mi respuesta siempre ha sido la misma:
Ahora que sabes lo bien que acabó todo es muy fácil apuntarte al éxito, pero, si esto mismo te lo hubiera ofrecido antes de la subasta, hubieras salido corriendo como alma que lleva el diablo.
Precisamente, por mi afición a estudiar rarezas, me he encontrado en muchas ocasiones solo en la plaza toreando morlacos astifinos, y de mucha bravura, y sin el apoyo de la presencia de otros subasteros con quienes intercambiar impresiones; y por mucho que hayas estudiado la subasta, por mucho que hayas previsto que no iban a asistir otros subasteros, encontrarte solo en la plaza recibiendo a porta gayola a un toro de mucho trapío hace que se te encoja hasta el alma.
Y sé de alguno que, a pesar de tenerlo todo más que estudiado, al encontrarse solo frente a los dos pitones ha agachado la cerviz y ha salido pies en polvorosa haciendo mutis por el foro.
Y no miro a nadie…
Y es que estamos hablando de dinero.
De ganarlo, de perderlo y hasta de tenerlo estancado en follones judiciales hasta el día del Juicio Final.
Y eso da mucho miedo.
Por mucha seguridad que uno tenga en sí mismo, cuando ves que eres el único subastero que se ha interesado por la subasta en la que has depositado es muy lógico preguntarse cómo es posible que nadie más haya descubierto el potencial que tu sí le has visto y si no será que te has equivocado en la valoración de los riesgos.
Finalmente, a menos que tengas la seguridad mental de Rafa Nadal, es muy posible que se abra paso la sospecha de que, seguramente, los demás hayan visto el marrón que tu no has sido capaz de ver y…
¡Cobarde, gallina, capitán de las sardinas!
Lo que he dicho siempre, la subasta judicial no es para tontos ni para tímidos.
Y da igual que seas uno de los alumnos más sobresalientes del súper curso de subastas de Tristán el Subastero, en algunas situaciones, por muy bien formado que estés, te tiemblan las canillas.
Y ahora con la subasta judicial electrónica esto da aún más miedo porque es imposible saber quién está al otro lado y ni siquiera si hay alguien o estás tú solo.
Y eso es precisamente lo que volví a experimentar hace dos semanas en la subasta, perfectamente estudiada, de un piso de Madrid en la que conocía que había algunos inconvenientes, pero que nunca imaginé que éstos serían capaz de ahuyentar al resto de postores como fue el caso.
Y tanto fue así que solo hubo dos posturas, la de la parte actora (o eso creo) y la mía.
La parte actora hizo su postura dos horas antes del cierre de la subasta.
Yo le subí un euro una hora antes del cierre.
Convencido de que ese sería el comienzo de las pujas.
Porque aún me quedaban treinta mil euros en la butxaca para pujar por esa subasta.
Y ya está.
Se acabó.
No hay nada más que contar.
Salvo que cuando a las seis de la tarde el Portal de Subastas del B.O.E. me confirmó como adjudicatario me dio el subidón del que he estado hablando.
Por un lado de entusiasmo por el fácil éxito de la misión.
Y, por el otro, más que escamado por lo (demasiado) fácil que había resultado, y un poco acojonado por si se me había pasado algo por alto.
Motivo por el cual al día siguiente a las nueve en punto entraba por las puertas del juzgado para volver a estudiar de la «A» a la «Z» todo el expediente judicial y, luego, desde allí, fui directo a la vivienda para hablar de nuevo con los vecinos, el portero de la finca, y con quien hiciera falta.
Es decir, que comprobé la firmeza de los pilares sobre los que se sostiene toda buena investigación de subastas: los 7 pilares imprescindibles para triunfar en las subastas judiciales.
Todo correcto.
No había sido yo quien se ha equivocado.
Habían sido el resto.
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Soy Héctor Arderíus, pero todos me conocen como Tristán el Subastero.