
Si todos los copropietarios que forman proindivisos fueran gente razonable no haría falta disolverlos o, en el caso de tener que ir a la disolución por el motivo que fuera, ésta nunca sería conflictiva.
Y si los políticos españoles no fueran unos corruptos de tomo y lomo España no sería el país que es.
Y si la Justicia española no fuera una de las peores y más lentas de Occidente la economía española sería boyante y no lideraríamos todos los ranking de desempleo.
Pero la realidad es la que es y los mundos de Yupi son cosa de la televisión y solo para niños ingenuos. En el mundo real somos muy pocos los que nos podemos calificar de razonables y los proindivisos inmobiliarios están llenos de egoístas, bárbaros, rencorosos, violentos y gilipollas.
Por eso yo opino que siempre que se tiene que recurrir a la vía judicial, la más incompetente de las posibles, es porque entre los copropietarios hay al menos un canalla.
Y lo peor es cuando es precisamente ese canalla quien conoce la mejor estrategia para llevar a cabo la disolución del proindiviso.
La disolución de proindivisos familiares
Es frecuente la situación de varios hermanos que heredaron la casa familiar en la que uno de ellos se quedó viviendo con el progenitor superviviente y que tras la muerte de éste permaneció en el domicilio sin pagarle nada a sus hermanos en concepto de alquiler. Así, en plan guay, de buen rollito.
Pero llega el momento en que, por el motivo que sea, se acaba el buen rollo.
Y hay que disolver los proindivisos.
A veces es porque uno de los hermanos está muy apurado económicamente y necesita el dinero o, simplemente, porque el transcurrir de los años ha aflojado la cohesión familiar y, cuando eso sucede, inmediatamente afloran los intereses económicos.
¿Y éste por qué no nos paga nada por vivir en la casa?
¿Y cuánto nos tocaría sin vendieramos la casa?
Obvio señalar lo que ante esta situación haríamos la gente razonable porque este post no va de nosotros sino de canallas.
Aquí el canalla se negaría a pagarle nada a sus hermanos y se negaría en redondo a venderles su parte, aunque quizá aceptaría comprarles la suya. Eso sí, a precios ridículos porque, argumenta, está muy mal de dinero en estos momentos.
Ni siquiera les escuchará cuando ellos le ofrezcan comprarle su parte al doble de precio al que él
pretende que le vendan la suya. Ha dicho que no vende y no vende.
Se excusa en que él ha vivido siempre en esa casa, en la que se quedó para vivir con la madre (sin pagar alquiler) y considera injusto tener ahora que irse tras toda una vida de vivir ahí (por la cara).
Por eso dice que no se va, que de ahí solo lo sacan a patadas.
El canalla es un fan de la Ley del Embudo
La disolución de un bien ganancial
Y cuando los proindivisos no proceden de una herencia familiar sino de una disolución de gananciales, entonces los problemas se multiplican porque a lo poco razonable que podamos ser cualquiera se le une el guiso de odios, rencores y malos tratos psicológicos (o de los otros) que pueda haber detrás de cualquier proceso de divorcio.
En este sentido recuerdo a una mujer cuyo marido la había cambiado no solo por una persona más joven sino, aún peor, la había cambiado por su hermana pequeña.
¿Os podéis imaginar el odio con el que esta señora hablaba de su ex y de su hermana?
Habían transcurrido más de diez años y aún sangraba por la herida.
Respecto a las muchas propiedades que marido y mujer compartían, esta señora hacía todo lo
imaginable e inimaginable para perjudicar a su exmarido, aún a costa de compartir ella misma también los mismos perjuicios.
La broma les ha hecho perder cientos de miles de euros.
En este caso, a pesar de la faena que él le hizo y que provocó tanto odio, en el contexto de la división de las propiedades comunes la canalla es ella.
Cuando el canalla me pide ayuda
¿Y por qué me da ahora por disertar sobre los canallas en los procesos de disolución de proindivisos?
Pues muy sencillo, porque hace unos días uno de ellos publicó un comentario en este blog pretendiendo que le asesoráramos sobre una división de cosa común en la que su exmujer había solicitado la venta del bien por entidad especializada, algo muy razonable y beneficioso para ambas partes porque esa vía de comercializar el proindiviso puede recaudar un 40 ó 50% más que la venta en subasta.
El caso es que la agencia inmobiliaria había encontrado un comprador y ya estaba todo dispuesto para la firma notarial. Solo faltaba confirmar su presencia para firmar la compraventa, motivo por el que el notario le había requerido para un día y hora determinados.
Solo añadir que el tipo reconocía en la consulta que el precio de venta cumplía con lo acordado entre las partes. Y acababa la consulta preguntando si estaba obligado a acudir el día señalado y firmar la compraventa o si podía hacerse el tonto y no firmar.
O sea, blanco y en botella.
Solo el malo de la peli, un auténtico canalla, puede desperdiciar una ocasión semejante.
Todos los lectores habituales sabéis que hace años que me empecé a meter en estos líos y que he desarrollado algunas estrategias triunfadoras para sacar adelante las disoluciones de proindivisos, Y no solo eso, sino que ahora también la legislación nos ofrece distintas estrategias para disolver proindivisos y que no todas son igual de buenas.
Y por lo que parece el tipo quería que yo compartiera con él esta experiencia.
Lo lamento, queridos lectores, pero hay cuellos que piden dentelladas, por lo que mi respuesta fue la siguiente:
En general, Jorge, siempre que los proindivisos llegan a la situación en la que vosotros estáis, ya sabes, teniendo que recurrir a la mediación de un juez, suele ser porque una o ambas partes se han comportado de forma poco razonable o, a veces, simplemente porque uno de ellos es un cabrito de tomo y lomo. A veces el susodicho se siente en la obligación de vengar unos cuernos dolorosos y otras veces, simplemente, es que no es una buena persona y lo que le gusta es joder al prójimo, aprovechando todas las ocasiones que se le presentan para hacerlo.
Ignoro cuál será tu caso y por qué quieres perjudicar a la otra parte y tenerla atada a una copropiedad que evidentemente NO quiere compartir contigo, pero hace falta ser muy burro para rechazar una venta por entidad especializada y dar paso a una venta en subasta judicial que, obviamente, perjudicará a ambas partes.
O muy burro o muy malo.
Si yo fuera abogado seguramente tendría que aceptar a todos los clientes que me llegaran, pero afortunadamente no lo soy, de manera que puedo rechazar ponerme a favor del malo de la peli.
Y esta no ha sido la primera vez que he rechazado colaborar con el malo.

Por haches o por bes, el caso es que muchos de los clientes que contratan la consultoría que yo llamo «Hello, Subastero» buscan asesoramiento acerca de cómo afrontar de forma ventajosa la disolución de un proindiviso.
Quieren comprar la parte del otro lo más barata posible.
O que un tercero, o quien sea, se adjudique la subasta por el mayor precio posible.
Ambas cosas son posibles y yo les ayudo siempre.
Excepto en un par de casos en que detecté que me encontraba ante el mismísimo «canalla» que solo buscaba perjudicar de la forma que fuera a la otra parte. O bien retrasar el procedimiento con maniobras marrulleras o bien que el precio de adjudicación resultara irrisorio para evitar el enriquecimiento de los otros, etc.
En estas situaciones siempre he preferido abstenerme y he dado instrucciones a Paypal para la devolución del dinero recibido.
Porque no quiero vender mi conciencia por un puñado de dólares.
Si yo fuera abogado, no me imagino defendiendo a un asesino de niños que me hubiera confesado la autoría del crimen.
¡Coño! Si quieren mi ayuda, al menos que me engañen y me hagan creer que ellos son los buenos y que el canalla es el otro.
¿Y tu quién eres, el bueno o el malo?
¿Y qué más?
Pues que si has llegado hasta aquí es porque has leído las más de 1.350 palabras que forman este post, por lo que ahora te pido lo de siempre, que si el post te ha resultado entretenido me ayudes a difundirlo en las redes sociales porque Google lo valora como mejor o peor según lo hayan movido los lectores.
Sería genial que me ayudaras de esa forma pinchando en los iconos de ahí abajo.
Soy Héctor Arderíus, pero todos me conocen como Tristán el Subastero.
